Sobre el amor y el querer

“Baby don’t hurt me, don’t hurt me, no more”
 
– Haddaway
 
 
Es complicado hablar de amor sin querer sin totalitario. Hasta hace poco entendía el amor como uno de los máximos sentimientos que un ser humano podría sentir hacia otra persona, estrictamente hablando de relaciones sentimentales, pero más recientemente me estoy volviendo a replantear el concepto.
 
¿El amar está sobrevalorado? Para amar no hay que conocer mucho a eso que amas. No te debe de importar sus motivaciones, su accionar, diablos, ni si quiera debería de importar que se conozcan. Así como existen personas que aman a un cantante muy famoso, quizás empujados por admiración, existen otras que aman a sus perros o aman a su pareja, mas el amar puede ser muy irracional.
 
Cuando uno ama sufre demasiado escuché una vez. Sientes cómo tu cuerpo experimenta cambios emocionales brutales dependiendo de cómo se desarrolle su relación con aquel objeto amado. Para ejemplos más puntuales, hablemos de personas. Para amar, hay que desconocer tantísimo e ignorar otro poco.
 
Puedo decir, sin temor a equivocaciones, que he amado dos veces en mi vida. Una de ellas, más joven de lo que soy ahora, cuando apenas había salido de secundaria, conocí a una muchacha huracán un poco mayor que yo, la cual también me amó a su loca manera y, meses después, todo se terminó por la distancia y por el daño que nos hacíamos en su determinado momento. No recuerdo mucho de esos tiempos, pero sí rememoro un poco esa sensación que quedó atrás. La segunda vez, un poco menos joven, amé a una chica cuyo nombre combina con playa y nostalgia. Esta última vez la balanza no fue muy correspondida emocionalmente hablando, pero viví cada día a su lado como si el mundo fuese a explotar en cualquier momento y me faltase el tiempo. Cuando la relación se terminó, me dolió muchísimo y me tomó muchos tropezones comprender el por qué se acabó.
 
Escribo esto porque mi idea del amar, hasta ese entonces, podría considerarse no solo mainstream sino también un poco dependiente. ¿Está mal amar a alguien a tal punto de desear un futuro lleno de felicidad constante a su lado? La respuesta, a mi parecer, es un rotundo sí.
 
Aristóteles proponía que busquemos la felicidad a través de nuestra acciones, que todas estas debía de llevarnos a ese fin supremo, y no pienso que esté equivocado. Lo que sí podría ser un error sería considerar la felicidad como estado de ánimo. Estaríamos olvidando que eso que podríamos llamar felicidad como lo equivalente a una sonrisa incesante y sincera en el rostro no es nada más que algo superficial. Aspirar a aquello solo generaría fracaso.
 
El amar, como lo hacemos en estos tiempos, además de sobrevalorado, podría realizarnos un daño irreparable al alma. El amar no depende de otras personas, todo queda en nuestra cabeza. Así como nadie más sería capaz de comprender el pesar que uno vive por dentro en determinadas situaciones, nadie será capaz de comprender la inmensidad de aquello que podríamos llamar amor.
 
Para amar no se necesita recurrir a la razón y ahí es donde caemos en un abismo personal en el cual podemos sentirnos héroes un día y, al otro, enteramente miserables. ¿Qué no ven que cuando amamos subimos nuestras expectativas externas y podemos decepcionarnos demasiado rápido?
 
Recuerdo claramente cuando vi un capítulo de la serie Bojack Horseman en la que Bojack afirma “One day, you’re gonna look around and you’re going to realize that everybody loves you, but nobody likes you” y eso fue un bandazo de agua fría para mi.
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Ahora, y dudo que cambie esta perspectiva, creo que la capacidad de amar no debería de nublar el juicio. Las acciones guiadas por la razón serán siempre más relevantes e importantes para uno mismo que aquel deseo de amar irracionalmente.
 
Tampoco se trata de convertirse en un robot frío sin emociones. Más importante que amar, hay que querer. No solo a otras personas, sino, primordialmente, a uno mismo. Conocerse, reconocer los temores, saber que a veces puedes ser una mierda de persona y no dejar que aquello te melle con la finalidad de mejorar podría ser un buen camino para comenzar a querer otras personas.
 
En el querer recae un juicio de autocrítica, es detenerse unos minutos a comprender que más allá de cualquier imagen enaltecida que puedas tener sobre persona, no es nada más que eso, una ilusión en la cabeza que, aunque parezca que representa la realidad, no invita a buscar conocer realmente a aquello que amas, ya sea por espanto o por negación.
 
Querer, entonces, lograría garantizar una relación sana basada en en el raciocinio y en el sentimiento que, en algunos casos, se sentirá agradable y nos ayudaría un poco más en la búsqueda de la libertad y la tranquilidad, como un apoyo en esta vida. Querer de verdad permitiría despojarse de frustraciones, silencios incómodos, de la búsqueda de explicaciones innecesarias que solo atormentarían el coco, de esa necesidad de desear combinarte con el otro y que tu vida sea la suya y viceversa.
 
Y aunque el amar nos haga sentir en las nubes, en la estratosfera o alguna dimensión paralela, no hay que olvidar que ese viaje terminaría en un choque inminente contra uno mismo en el que más que médicos, harían falta forenses para dictaminar la hora del deceso.
 
 
Marty Vargas
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Autor: martyvargas

22. Filosofía @PUCP / Comunicación @UdeLima / #SMM. Pizza, tabaco, gatos, 🥁, scooter 🛵, café, #HIMYM y DC Comics. I'm #Batman. Conociendo mi naturaleza.

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