Algunos pensamientos

Me venía a la cabeza mientras manejaba una idea recurrente. No estoy realmente seguro si lo que siento por los demás seres humanos es miedo. De qué me sirve tratar de ser honesto con el resto si eso no garantiza la aceptación de mis palabras. En lo que a mi respecta, todos podrían estar mintiéndose entre ellos y haber continuado así la vida desde la antigüedad. El que cada persona tenga inclinaciones subjetivas ya me provoca suficiente desconfianza como para mantener una conversación.
 
¿De qué sirve en esta vida ser honesto? ¿Me hace moralmente superior? Podría representar satisfacción personal hablar con su propia verdad frente a quienes no lo hacen, o al menos que aparentan hacerlo de tal modo.
 
Si alguien más leyese esto podría con toda razón desconfiar de lo que estoy diciendo, de cada una de mis palabras. No puedo evitar pensar en los demás como cuerpos que, al igual que yo, tienen en el interior de su mente un espacio oculto en el que ninguna otra persona lograría penetrar, pero solo se podría visualizar destellos. El ser consciente de esta incapacidad metafísica en algunos momentos me exaspera y en otros me genera calma.
 
Cómo no convertirse en un misántropo al identificar que nada se puede saber con exactitud cuando nos referimos a las motivaciones del resto de individuos. Aún así, soy alguien que también es un reflejo de la sociedad que prefiere obviar este importante detalle y continuar su existencia porque posiblemente así sea más fácil.
 
El creer es un ejercicio de fe, como con todas las acciones personales y las del resto. Por eso crean o no crean en lo que quieran, no es realmente importante.
 
Marty Vargas
 
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Sobre el amor y el querer

“Baby don’t hurt me, don’t hurt me, no more”
 
– Haddaway
 
 
Es complicado hablar de amor sin querer sin totalitario. Hasta hace poco entendía el amor como uno de los máximos sentimientos que un ser humano podría sentir hacia otra persona, estrictamente hablando de relaciones sentimentales, pero más recientemente me estoy volviendo a replantear el concepto.
 
¿El amar está sobrevalorado? Para amar no hay que conocer mucho a eso que amas. No te debe de importar sus motivaciones, su accionar, diablos, ni si quiera debería de importar que se conozcan. Así como existen personas que aman a un cantante muy famoso, quizás empujados por admiración, existen otras que aman a sus perros o aman a su pareja, mas el amar puede ser muy irracional.
 
Cuando uno ama sufre demasiado escuché una vez. Sientes cómo tu cuerpo experimenta cambios emocionales brutales dependiendo de cómo se desarrolle su relación con aquel objeto amado. Para ejemplos más puntuales, hablemos de personas. Para amar, hay que desconocer tantísimo e ignorar otro poco.
 
Puedo decir, sin temor a equivocaciones, que he amado dos veces en mi vida. Una de ellas, más joven de lo que soy ahora, cuando apenas había salido de secundaria, conocí a una muchacha huracán un poco mayor que yo, la cual también me amó a su loca manera y, meses después, todo se terminó por la distancia y por el daño que nos hacíamos en su determinado momento. No recuerdo mucho de esos tiempos, pero sí rememoro un poco esa sensación que quedó atrás. La segunda vez, un poco menos joven, amé a una chica cuyo nombre combina con playa y nostalgia. Esta última vez la balanza no fue muy correspondida emocionalmente hablando, pero viví cada día a su lado como si el mundo fuese a explotar en cualquier momento y me faltase el tiempo. Cuando la relación se terminó, me dolió muchísimo y me tomó muchos tropezones comprender el por qué se acabó.
 
Escribo esto porque mi idea del amar, hasta ese entonces, podría considerarse no solo mainstream sino también un poco dependiente. ¿Está mal amar a alguien a tal punto de desear un futuro lleno de felicidad constante a su lado? La respuesta, a mi parecer, es un rotundo sí.
 
Aristóteles proponía que busquemos la felicidad a través de nuestra acciones, que todas estas debía de llevarnos a ese fin supremo, y no pienso que esté equivocado. Lo que sí podría ser un error sería considerar la felicidad como estado de ánimo. Estaríamos olvidando que eso que podríamos llamar felicidad como lo equivalente a una sonrisa incesante y sincera en el rostro no es nada más que algo superficial. Aspirar a aquello solo generaría fracaso.
 
El amar, como lo hacemos en estos tiempos, además de sobrevalorado, podría realizarnos un daño irreparable al alma. El amar no depende de otras personas, todo queda en nuestra cabeza. Así como nadie más sería capaz de comprender el pesar que uno vive por dentro en determinadas situaciones, nadie será capaz de comprender la inmensidad de aquello que podríamos llamar amor.
 
Para amar no se necesita recurrir a la razón y ahí es donde caemos en un abismo personal en el cual podemos sentirnos héroes un día y, al otro, enteramente miserables. ¿Qué no ven que cuando amamos subimos nuestras expectativas externas y podemos decepcionarnos demasiado rápido?
 
Recuerdo claramente cuando vi un capítulo de la serie Bojack Horseman en la que Bojack afirma “One day, you’re gonna look around and you’re going to realize that everybody loves you, but nobody likes you” y eso fue un bandazo de agua fría para mi.
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Ahora, y dudo que cambie esta perspectiva, creo que la capacidad de amar no debería de nublar el juicio. Las acciones guiadas por la razón serán siempre más relevantes e importantes para uno mismo que aquel deseo de amar irracionalmente.
 
Tampoco se trata de convertirse en un robot frío sin emociones. Más importante que amar, hay que querer. No solo a otras personas, sino, primordialmente, a uno mismo. Conocerse, reconocer los temores, saber que a veces puedes ser una mierda de persona y no dejar que aquello te melle con la finalidad de mejorar podría ser un buen camino para comenzar a querer otras personas.
 
En el querer recae un juicio de autocrítica, es detenerse unos minutos a comprender que más allá de cualquier imagen enaltecida que puedas tener sobre persona, no es nada más que eso, una ilusión en la cabeza que, aunque parezca que representa la realidad, no invita a buscar conocer realmente a aquello que amas, ya sea por espanto o por negación.
 
Querer, entonces, lograría garantizar una relación sana basada en en el raciocinio y en el sentimiento que, en algunos casos, se sentirá agradable y nos ayudaría un poco más en la búsqueda de la libertad y la tranquilidad, como un apoyo en esta vida. Querer de verdad permitiría despojarse de frustraciones, silencios incómodos, de la búsqueda de explicaciones innecesarias que solo atormentarían el coco, de esa necesidad de desear combinarte con el otro y que tu vida sea la suya y viceversa.
 
Y aunque el amar nos haga sentir en las nubes, en la estratosfera o alguna dimensión paralela, no hay que olvidar que ese viaje terminaría en un choque inminente contra uno mismo en el que más que médicos, harían falta forenses para dictaminar la hora del deceso.
 
 
Marty Vargas

Interpretar el tiempo

En una clase Filosofía Antigua me explicaron las posibles maneras de entender la relación entre la filosofía y el tiempo. Una de estas era la de interpretarla como un río en el que transcurre el pasado, el presente y el futuro de manera lineal. Otro proceder sería como el de una fuente de agua de la cual brotasen las ideas de pasado y futuro, las cuales partían exclusivamente de un presente constante como chorro central. Finalmente, la de pensar en el tiempo como si se tratase de un mar: nosotros, los seres humanos, estamos parados en la orilla de una playa y las olas que vienen desde lo más lejano, el futuro, nos engendra una manera de vivir en base a algo que esperamos. Por ejemplo, si tuvieses agendada una cita importante, el tiempo avanzaría lentamente e incluso puede que sea gratificante ese lapso, pero también podría suscitarse lo negativo, como que quizás esperes tu turno para la silla eléctrica y el tiempo se muestre funesto, trágico.
 
¿Realmente podríamos limitarnos a entender al tiempo de una sola forma? Para vislumbrarlo lo más probable es que la gran mayoría de mortales haya pensado en él como un río, como una fuente, como un mar o algo más. Es viable que alguno se decida por un camino en particular con las derivaciones que esta implique; no obstante, ¿qué tan importante puede ser el tiempo? El tiempo tiene autorización para atormentarte incesantemente si le das la chance, si lo sobre piensas. Invertir tiempo en pensar en el tiempo, un círculo ininterrumpido, curioso.
 
El tiempo es a veces tan poco importante que decidimos dejar que transcurra sin preocuparnos demasiado. Vine a una playa ubicada en Chorrillos para estar sentado solo en la arena, escuchar música a través de un parlante portátil y observar a las personas en su cotidianidad. Vine a perder mi tiempo si lo quieren ver así. Hombres jugando con una pelota de fútbol, familias dando vueltas en un mismo espacio, ancianos, jóvenes, ambulantes, perros olfateando quién sabe qué, pelícanos sobrevolando al ras del agua, parejas tomándose fotos, una chica que también parecía estar malgastando sus minutos, cada quien empleando aquello que llamamos tiempo como se le de la gana, tal vez preocupados por el mañana que aún no llega o por el ayer que ya pasó. No somos conscientes de lo que realmente implicaría sumergirse a reflexionar en aquello y aunque de vez en cuando nos surja esa necesidad, quizás se lo correcto no hacerlo tan seguido porque difícilmente se encontrará una respuesta.
 
Marty Vargas
 
 

Crecer / Tiempo al tiempo

“Nada es permanente, salvo el cambio”

– Heráclito

He estado pensando mucho en estos días. Ha pasado tan poco y es tanta la información que estoy procesando que es un poco tedioso. No estoy mal, un poco nostálgico quizás, pero mal no. Ayer vi Annie Hall, considerada la mejor película de Woody Allen, trata sobre la historia de Alvy Singer, un comediante que, tras haber roto con Annie Hall hace un año, no sabe aún por qué fue que la relación se acabó. Me bastó tan solo unos minutos observando el film para entender los motivos: Alvy es un imbécil egoísta, un neurótico que decide vivir su vida de manera tan miserable como si eso lo hiciese mejor que los demás, tan ensimismado en sus ideas que no es capaz de poder disfrutar de su existencia ni la del resto. Ya la había visto dos años atrás y recuerdo vagamente que en algún momento consideré un modelo a seguir este personaje de la narrativa audiovisual, pero ahora, con estos nuevos ojos, percibo el sufrimiento que ha de ser aspirar a convertirse en algo así. Al final sí me gustó la película, me ayudó con la catarsis y a interpretar varios detalles de mi vida propia.

He estado cavilando mucho en estos días. Mis razones para alejarme de una persona especial, mis acciones, mis actitudes. La naturaleza del ser humano, ¿es única y se mantendrá así vigente? Un amigo, quien gusta de Marina and the Diamonds, me comentó que la vocalista habló en una oportunidad sobre la depresión y la ansiedad que sufría: << Aunque no recuerdo exactamente lo que dijo, la idea era que ella solía creer que el ser depresiva era parte de su personalidad o que había nacido de esa manera, pero que fue impactante darse cuenta de que no es necesariamente el caso>>.

Retrocediendo sobre mis propios pasos, decido examinar con detenimiento quién era hasta antes de cuestionarme a mi mismo. Durante mucho tiempo he vivido con ideas dogmáticas (dícese de afirmaciones de verdades absolutas e irrebatibles) que me han hecho daño. El asumirme en determinados momentos como alguien que necesita sufrir para recordar que la vida en sí es eso, el subestimar al resto, el poner en altares a ciertos sujetos, el cerrarme en una postura única, el creer decididamente que debo planear cada aspecto de mi vida e incluir a personas en ello como si eso fuese posible, como si fuese un dios que puede dominar todo este espectro, el estresarme por ello, presionarme y presionar al resto de personas para que ocurra algo que yo deseo.

Me parece, si mal no recuerdo, que fue Mao Tse-Tung quien afirmó que cuando una idea fracasa es porque no está acorde a la realidad. Es por eso que he fracasado durante tanto tiempo en mis relaciones personales. El exigirle tantísimo al resto cuando lo más probable es que deba de exigirme a mi mismo y no esperar nada de ellos. Aunque suene trágico, no lo es. No es negativo francamente este hecho, es enterarme que mi naturaleza no está determinada desde que nací, no está predicha: está en constante cambio. El haber pensado que he sido de una forma desde toda la vida no significa deba de continuar igual los días venideros.

Estoy saturado de mi mismo, mas no estoy ahogado. El tiempo que continúe avanzando en esta vida ha de ser para progresar por y para mi identidad. El quien soy yo no estará completo jamás y eso me gusta como no tienen ni idea.

Marty Vargas